El escritor concentrado
June 13, 2008
Hay momentos en su vida en los cuales necesita concentración total.
No sólo debe luchar en contra de la página en blanco, en tratar además de articular la estructura de su novela, de repasar cada línea, buscando si acaso no cambió de tiempo verbal o si era momento de que uno de sus personajes tomara la palabra.
No.
Fuera del texto su lucha es mayor cuando siente que su estómago está vacío, cuando el lloriqueo de un perro lo distrae o incluso el zumbido de un mosco.
La concentración no es la espera de la musa inspiradora, eso ya lo sabe nuestro escritor: se trata de un mito urbano de sobremesa, se dice.
Concentrarse para él es no dejar de apretar teclas de manera compulsiva, como prueba de velocidad, sin siquiera poder cambiar de canción porque si tan sólo aprieta skip…se pierde el hilo, la trama, el tiempo, la vida y la razón de existir.
Concentración, pues, es quizá el primer ingrediente de su recorrido y con ello la ya tan gastada soledad.
Escribir se vuelve algo tan grande para él, como cuando existe ese pésimo sabor de boca el cual no se da por cuestiones técnicas, que no por falta de imaginación.
Hay días en que el escritor concentrado tiene que sortear más problemas, ante tantas cosas por hacer, tanta tv, música, chats, blog qué revisar; nada más difícil que concentrarse en el hilo conductor de lo que trata de contar.
Cuando el escritor se resigna y pierde la concentración, se experimenta una impotencia más parecida a la pérdida de algo que alguna vez tuvo. Como la muerte de un familiar, como el camión que se fue, un programa semanal que se dejó de ver.
Oda a la concentración, pues, van sus colegas en prenda, va su vida entera apostada por un puño de concentración.
Los dados están cargados piensa el escritor sin concentración, para qué luchar si ya se ha perdido desde el inicio algo que se esperó con ansías durante el día. Como quien espera una cita, como quien en medio de la noche aguarda a que el sol ilumine la mañana para iniciar actividades.
La gente suele no entenderlo, piensan que escribir es como cualquier otra actividad, como llenar archivos con número fatuos.
El escritor se quita los lentes, pasa sus manos sobre el rostro y maldice todo lo maldecible.
Cruza las manos sobre su rostro, suspira, exhala. ¿Piensa?
De pronto busca un asidero dónde encallar. Algo al cual sujetarse para no rendirse y terminar por reconocer que la victoria no lo favoreció, que habrá que esperar, quizá no mañana, no este mes, no…nunca. Cae en el fondo de un precipicio que también reconoce como La rendición.
Después de unos minutos recapitula su situación.
La concentración podría regresar si tan sólo comenzara a pensar que ya lo ha perdido todo, y por todo se refiere a todo, a lo más importante: su autoestima de la noche, de esa única noche en la que vive que también llama el tiempo presente, cuyo momento en el tiempo no es otra cosa que una extraña incertidumbre.
¿Qué hacer? ¿Volver a empezar?
De pronto cae en la cuenta de que si logra que la concentración regrese, no sólo podrá salir victorioso de una noche más, se irá a la cama como un verdadero Dios, como un guerrero del silencio, como el creador mismo de su salvación.
Su mente al escuchar esto comienza a carburar, se da cuenta que sus dedos han adquirido ese calor que sólo da el movimiento automático de sus ideas sobre el teclado, nuestro escritor escribe, se ve, lo siente él mismo, su rostro esboza una sonrisa cómplice, como el piloto que en la última vuelta rebasa a quien durante las últimas 47 vueltas iba delante de él; una sonrisa cómplice, repite, y a la vez burlona, porque fue más allá de los límites de la desesperación, porque por unos momentos, horas, quizá, creyó en el fracaso, pero no…nunca subestimen su madera, otros dirían su ego tan grande, grandilocuencia, viejo zorro en un callejón oscuro.
Nuestro escritor ha despertado, escucha todo lo que dejó de escuchar, aquello que lo interrumpía, ahora ya simplemente no importa, nada lo detiene: lo sabe.
Ha ganado la batalla a favor de la concentración.
¿Quién dijo que escribir fuera fácil?
Él lo dice ahora, lo es, con esa seguridad y ese aire que lo hace ser el escritor más concentrado de la tierra.
Ahora sí, punto y aparte, ha comenzado realmente a escribir: a vivir.
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