Lauro Aguirre

June 26, 2008

Llamada telefónica.
Un chica adolescente buscó: hospedaje para perros, le dijo a su mamá, quien a su vez le dijo a su papá.
Fue ella quien hizo la llamada a mi casa.
Se trataba de un Golden, fueron sólo dos noches. Al momento de tomar los datos del domicilio dijo que quedaba por Díaz Mirón: Sí conozco por donde es: yo vivía de chico por ahí.
Recordaba aquella privada, era en donde vivía una compañera de la primaria: Paula.
A pocas casas de ahí también vivía uno de los guías del grupo de scouts al que pertenecía: el grupo 50 de Miguel Hidalgo.
El día que tuve que salir para recoger al perro, me costó trabajo concentrarme para organizar la ruta por la cual me iría. Cada vez con menor frecuencia hacía viajes al norte de la ciudad.
Como era habitual programé todo para hacerlo por la noche. Volví a sentirme tenso por andar en barrios que consideraba peligrosos.
Entré por una avenida y recorrí desde el principio la segunda calle que conocía bien en mi vida: en la cual viví de los seis a los doce años de edad: Lauro Aguirre.
Mi Malibu automático me permitía desviar la mirada hacia el edificio en el cual había vivido mi amigo Víctor. Recordé su edificio: su departamento, su familia, su cuarto.
En una esquina vi una panadería y una vinatería a la cual mi nana me llevaba. Solíamos ir ahí seguido, me llevaba ahí porque había un hombre, el encargado, al cual visitaba: platicaba con él: yo sólo observaba los anaqueles de los dulces.
Media calle adelante: el número 217: ahí vivía yo, me dije.
Di la vuelta en u. La privada había cambiado, tenía un portón de acero que impedía una libre entrada: Ahora es peligroso, pensé.
Toqué un timbre y esperé.
Frente a aquella entrada estaba el camellón en donde jugaba fútbol. Lo vi diminuto, no como lo recordaba: inmenso. Un hombre se acercó y abrió la reja con un control remoto. Apenas cabía mi auto para llegar al final de la privada. Lo dejé ahí, lo más cerca que se podía de la entrada.
La entrada a una casa humilde: ¿Cómo me pudo haber contactado una familia así?, volví a pensar.
La familia me explico tiempo después que su hija tenía acceso a Internet en la escuela. Se irían dos días de viaje. Aseguraban querer a su perro a pesar de que lo tenía la mayor parte del tiempo en un patio de servicio.
Era un Golden inquieto que sacaba la basura del bote que tenían para este fin.
Me senté en el comedor y conversé con ellos un poco para darles confianza de que su perro estaría en buenas manos. Siempre es común que la esposa y mujer de la casa, que es quién más convive con el perro, hable quejándose: de una forma cariñosa, de todos las travesuras del perros.
Estaba tan acostumbrado ya a escuchar a los dueños en ese tenor que ya ni siquiera registraba bien lo que decían. Y mis oídos no escuchaban porque se trataba de un servicio de hospedaje y no de asesoría de comportamiento.
Me pidieron que al regreso tocara al timbre y que el abuelo estaría en casa pero recibir a perro.
Era una familia completa, el jefe de familia me había caído bien. Al momento de hablar de dinero fue como si fuera todo un sacrificio pagar por el hospedaje del perro. El jefe de familia sacó algunos billetes: el pago fue por adelantado.
Una regla en este negocio y supongo que en mucho otros es que la gente que menos tiene, es la que paga lo que se cobra sin protestar: la otra, la que tiene dinero, es la que te pide descuentos o exclama: ¡por qué tan caro!

Sólo unos años después me reservaría el uso de mis servicios aplicando otros criterios que distaban mucho de la necesidad que pudiera tener. Uno de mis criterios después fue que si me regateaban o comentaban algo sobre el costo del servicio, les negaba el mismo. Era mi propia concepción del comercio justo.
Ya no era el mismo, que cuando trabajaba con Pol.

Dijeron también que el perro no estaba acostumbrado a usas correa, que jalaba mucho: No importa, lo subo al auto sujetándolo del collar.
Sí jalaba, tanto que sentí un tirón en la espalda, me había lastimado.

–¿Y así se va ir? Nosotros nunca lo hemos subido a nuestro coche

–Al rato se echa

Salí de la privada y en la primera esquina me detuve. Saqué mi correa, la que siempre traigo: mi favorita.
Le puse la correa al perro y la atoré con la puerta del lado del copiloto. No pensaba hacer el trayecto de regreso con un perro brincando o pasándose de un lado a otro del auto. Cuando llegué a casa lo solté para que oliera y se familiarizara. Me sorprendió que se portara bien durante su estancia. Dos días después lo regresé. Toqué al abuelo, quién me dijo entrar con el perro para dejarlo nuevamente en el patio de servicio.
Nos dueños no llegaron sino hasta después.
Ese día que regresé a Lauro Aguirre aun había luz solar. Ahora sí pude ver mejor el barrio en el cual viví de pequeño: era horrible. ¿Cómo mi madre me tenía viviendo ahí?

Leave a Reply